Published On: Sat, Nov 16th, 2019

Evangelio del día 16-11-19 – Evangelio de hoy – La oración perseverante

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Evangelio del día – Lucas 18,1-8

Meditación del Evangelio del día (Con una oración perseverante Dios nos escucha): En aquel tiempo, sobre la necesidad de orar siempre sin desfallecer jamás, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Una viuda, también de aquella ciudad, iba a decirle: Hazme justicia contra mi enemigo. Durante algún tiempo no quiso; pero luego pensó: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, le voy a hacer justicia para que esta viuda me deje en paz y no me moleste más”. Y el Señor dijo: “Considerad lo que dice el juez injusto ¿Y no hará Dios justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche? ¿Les va a hacer esperar? Yo os digo que les hará justicia prontamente. Pero el hijo del hombre, cuando venga, ¿encontrará fe en la tierra?”. Palabra del Señor.

Reflexión del Papa Francisco

Sobre el Evangelio de hoy – San Pablo escribe a Timoteo, su discípulo y colaborador, y le insta a aferrarse a lo que ha aprendido y creído (Cf. 2 Tm 3, 14).

Pero Timoteo no podía hacer esto con sus propios esfuerzos: la batalla de la perseverancia no se puede ganar sin la oración. No es una oración esporádica o vacilante, sino una oración ofrecida como Jesús nos dice en el Evangelio: “Orad siempre, sin desfallecer” (Lc 18,1).

Esta es la forma de vida cristiana: permanecer firmes en la oración, para permanecer firmes en la fe y en el testimonio. Aquí una vez más podemos escuchar una voz dentro de nosotros, diciendo:

“Pero, Señor, ¿cómo no cansarnos? Somos humanos…. incluso Moisés se cansó…!”

Es cierto, cada uno de nosotros se cansa. Pero no estamos solos, ¡somos parte de un Cuerpo! Somos miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, cuyos brazos se levantan día y noche al cielo, gracias a la presencia de Cristo resucitado y de su Espíritu Santo.

Sólo en la Iglesia, y gracias a la oración de la Iglesia, podemos permanecer firmes en la fe y el testimonio.

Hemos escuchado la promesa que Jesús hace en el Evangelio:

“Dios concederá justicia a sus elegidos, que le gritan día y noche” (Cf. Lc 18,7).

Este es el misterio de la oración: seguir gritando, no desanimarnos, y si nos cansamos, pedir ayuda para mantener las manos levantadas.

Esta es la oración que Jesús nos ha revelado y nos ha dado en el Espíritu Santo. Orar no es refugiarse en un mundo ideal, ni escapar a una falsa y egoísta sensación de calma. Por el contrario, orar es luchar, pero también dejar que el Espíritu Santo ore en nosotros. Porque el Espíritu Santo nos enseña a orar. Él nos guía en la oración y nos capacita para orar como hijos e hijas.

[…] Que clamemos a Dios día y noche, sin desanimarnos. Que dejemos que el Espíritu Santo ore en nosotros, y que nos apoyemos unos a otros en la oración, para mantener los brazos en alto, hasta que la Divina Misericordia gane la victoria. (Homilía en Santa Marta, 16 de noviembre de 2015)

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