Celebración de hoy
Fiesta de la Presentación del Señor Jesús en el Templo

La Fiesta de la Presentación del Señor a las naciones es la Fiesta en la que se presenta a Jesús al mundo y el ritual de purificación de la Virgen María
Coronilla a la Misericordia

Coronilla a la Divina Misericordia de Hoy Domingo y Consagración
Lecturas del día
Maria, hoy observamos el relato de la Presentación de Jesús en el Templo, el cual es un encuentro lleno de simbolismo y profundidad espiritual. María y José, en su humildad y obediencia, llevan al Niño al Templo para consagrarlo, cumpliendo con la Ley de Moisés. Allí, Simeón y Ana, dos ancianos llenos de fe y guiados por el Espíritu, reconocen en Jesús la luz que ilumina a las naciones.
Presta atención a las lecturas de hoy.
Malaquías 3,1-4.
Así dice el Señor, tu Dios: «Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Y en seguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Ángel de la alianza que ustedes desean ya viene, dice el Señor de los ejércitos. ¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién permanecerá de pie cuando aparezca? Porque él es como el fuego del fundidor y como la lejía de los lavanderos. Él se sentará para fundir y purificar: purificará a los hijos de Leví y los depurará como al oro y la plata; y ellos serán para el Señor los que presentan la ofrenda conforme a la justicia. La ofrenda de Judá y de Jerusalén será agradable al Señor, como en los tiempos pasados, como en los primeros años».
Salmo 24(23):
¿Quién es este rey de gloria? Es el Señor. (R).
Levantad, oh puertas, vuestros dinteles; ¡alzaos, antiguos portales, para que entre el rey de la gloria! /R.
¿Quién es este rey de gloria? El Señor, fuerte y poderoso, el Señor, poderoso en la batalla. /R.
Levantad, puertas, vuestros dinteles; alzaos, puertas antiguas, para que entre el rey de gloria. /R.
¿Quién es este rey de gloria? El Señor de los ejércitos; él es el rey de la gloria. /R.
Hebreos 2,14-18.
Y ya que los hijos tienen una misma sangre y una misma carne, él también debía participar de esa condición, para reducir a la impotencia, mediante su muerte, a aquel que tenía el dominio de la muerte, es decir, al demonio, y liberar de este modo a todos los que vivían completamente esclavizados por el temor de la muerte. Porque él no vino para socorrer a los ángeles, sino a los descendientes de Abraham. En consecuencia, debió hacerse semejante en todo a sus hermanos, para llegar a ser un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel en el servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo. Y por haber experimentado personalmente la prueba y el sufrimiento, él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba.
Lucas 2,22-40.
En aquel tiempo, cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.
Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él.
Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para la caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción. ¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Acercándose en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él. Palabra del Señor.
